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Jesuita peruano:"Los empresarios no quieren novedades ├ęticas"
03 - 07 - 2015 - IGLESIA - Vida religiosa

Carlos Cardó es el párroco de Nuestra Señora de Fátima, en el barrio de miraflores de Lima. El jesuita peruano, que fue asistente del anterior General, aborda su modelo de ser y hacer Iglesia en Perú. Una Iglesia a la que sigue viendo todavía "demasiado extranjera", pero empistada hacia el futuro. También aborda el significado de la primavera de Francisco o el futuro de la Compañía de Jesús, a la que ve cada vez más "asiática y africana".

Fátima, por lo que he visto, es más que una parroquia.

Sí, para un jesuita la parroquia es más que un templo donde se administran los sacramentos, que también se hace. Más bien la pensamos como centro de formación de laicos, para hacer comunidad con una gran proyección social. De manera particular, por el estilo de esta parroquia y el barrio donde está ubicada, se forman líderes, personas que tienen cierto influjo en la sociedad peruana. Por este parroquia vienen mucho profesores universitarios, gente titulada política, empresarios, funcionarios, etc.

Como digo, junto con la administración de los servicios clásicos, hacemos una oferta cada semestre de una serie de cursos y experiencias formativas. Ofrecemos cursos de Teología, Cristología, Mariología, Iglesia, Sacramentos; cursos de Ética y Moral, Pensamientos Social de la Iglesia, Espiritualidad. De Arte y vida cristiana, de Biblia, etc. A la gente le entusiasman: la asistencia es muy satisfactoria. Hay entre cuarenta y cincuenta personas por cada curso.

¿Cuántos cursos más o menos?

Por semestre, nueve. Los anunciamos en el folleto que cada semestre repartimos y la gente se inscribe. Todas las noches, a partir de las siete, hay cursos aquí en el patio, que tiene mucho espacio.

Aquí al lado también he visto que tenéis otras actividades.

Sí, son servicios como, por ejemplo, un taller para personas que están pasando un duelo. Se les ayuda a fortalecer el espíritu. El consuelo les hace muchísimo bien.

 

¿Son reconfortados por especialistas?

Sí. Depende del área. Después, entre esas actividades, tenemos cursos para vivir la reconciliación y el perdón, vinculados a situaciones familiares, laborales o sociales de conflicto. En orden a crear una convivencia pacífica y una resolución de los conflictos que no se base sólo en un pleito judicial. Son cursos muy importantes para el entendimiento.

También hay actividades de beneficio social: voluntariado de jóvenes y adultos en zonas marginales, en hospitales de beneficiencia, etc, porque dentro de esa orientación de hacer de la parroquia un centro de formación de laicos, hay evidentemente una incidencia social.

La parroquia geográfica, ¿es grande?

No, es muy pequeña. Una docena de calles en el barrio de Miraflores, que está mirando al mar. Limitamos con otras parroquias por todos los puntos cardinales menos el del mar.

Pequeña, pero se ha convertido en un polo de referencia humana.

Puedo decir con gran satisfacción que Fátima tiene un enorme poder de convocatoria. Un conglomerado de gente, desde el barrio marginal a la Universidad.

¿Cuántos jesuitas estáis atendiendo a toda esta gente?

Yo tengo tres vicarios. Dos ya ancianos y uno todavía bastante joven. Pero la comunidad de profesores universitarios principalmente que funciona pegada a la parroquia, atiende también en muchas misas y confesiones... Y también dictan muchos de estos cursos, por su preparación.

¿Más o menos cuánta gente mueve la totalidad de estas actividades parroquiales?

Seis mil personas sólo en las misas. Con los cursos y tal, yo calculo que doblamos ese número de gente que viene a los sacramentos.

¿Esa afluencia es especial de esta parroquia o habitual en otras?

En el común de las parroquias todavía tenemos un 10 o un 15% de fieles practicantes.

Tampoco está muy lejos, entonces, de la práctica española, que está en el 13%. ¿No os parece muy bajo?

Bueno, sí es bajo.

¿La secularización ha entrado en Lima como en España u otros rincones de Europa?

Yo creo que sólo en el sector medio o superior, porque el pueblo es profundamente religioso y, si no encuentra atención religiosa en la Iglesia Católica, la busca en otras iglesias. Por otra parte, cuanto más instruida es la gente y más recursos económicos tiene, desgraciadamente más disminuye su práctica religiosa, hasta que finalmente dejan de creer.

Los agnósticos casi siempre pertenecen a los sectores sociales altos, económicamente adinerados porque han pasado por la Universidad. En el pueblo veo lo contrario. Aquí no hemos tenido, por ejemplo, una clase proletaria fuerte. El influjo del marxismo en los sectores populares no llegó a borrar la religión como en otros sitios. Se quedó en la lucha social por la reivindicación de derechos.

Una religiosidad popular que estáis haciendo reflotar.

Lógicamente. Viene de por sí con valores bellísimos. El amor a la Virgen, a la tierra, la peregrinación a los santuarios, las fiestas patronales... Todo pueblo tiene su patrón o patrona.

El Señor de los Milagros, por ejemplo.

 

Por ejemplo: es un fenómeno extraordinario que en muy pocos países se da. El Señor de los Milagros reúne en octubre a un millón de personas.

¡Un millón de personas en una simple procesión! ¿La competencia en ese sector más popular os viene por parte de las iglesias protestantes, pentecostales?

Sí, de las iglesias protestantes generalmente pentecostales, porque tienen una expresión muy emotiva de la fe. Quizá porque nuestra liturgia no deja de ser seca, estática y de una solemnidad demasiado racional, el pueblo no quiere eso sino sentir.

Encuentran comunidades más cálidas.

Más fervorosas. Con exageraciones terribles -fenómenos de sugestiones colectivas, carismas sobrenaturales verdaderamente extraños...-, pero más expresivas al fin y al cabo. Así como en la Iglesia católica no acaban, las personas sencillas, las del sentir más verdaderamente popular, de sentirse agentes de su religiosidad, sino anónimas, nada más traspasar el umbral de la capilla protestante son acogidos, integrados en un pequeño grupo... Se les regala una Biblia, se les hace leer en público la palabra...

Se sienten protagonistas.

Y actores.

¿Y qué tendríamos que hacer nosotros para conseguir algo así?

Que nuestras reuniones, sobre todo las litúrgicas, sean realmente una unión fraterna. Establecer vínculos y relaciones simbólicas. Hacer a todos sentirse copartícipes.

¿La corresponsabilidad de los laicos la tenéis asumida?

Por supuesto, pero por lo general los laicos que se sienten verdaderamente agentes son una minoría. Pero son una minoría importantísima que tiene que multiplicarse. Para que esas vivencias que han tenido de una nueva forma de Iglesia, de proyección hacia afuera, hacia las fronteras que dice el Papa Francisco, se puedan ir multiplicando también, al contacto con las gentes. Espero que de nuestros cursos salga gente capaz de hacer lo mismo en otros ámbitos humanos.

A nivel de Iglesia local, ¿cómo ves la situación de la Iglesia peruana?

Creo que persiste la gran división: no sólo entre el laicado y el clero sino entre el clericalismo y los sectores populares, en general. En esos sectores se logró en la década de los ochenta, con las antiguas comunidades eclesiales de base, venidas muy a menos, una participación mayor de la gente. La Iglesia no era sólo el lugar del culto, sino el centro de la vida en común. Ahí resonaban los conflictos sociales, se tenían en cuenta los problemas.

Pero ahora la Iglesia sigue manifestando una gran separación entre el mundo de los curas y el mundo de los laicos.

 

Algo que está fustigando continuamente al Papa Francisco: el clericalismo.

Ese clericalismo existe todavía en grandes sectores de América Latina. La Iglesia es muy clerical y aquí, además, es una Iglesia muy extranjera, porque hasta hace pocos años la mayoría del clero había venido de fuera.

¿Por falta de vocaciones?

Lo que faltaba era el fomento de las vocaciones. Faltaba la promoción y hasta la propaganda. Naturalmente que les debemos a nuestros hermanos italianos, franceses, de Estados Unidos, una deuda impagable, porque han sostenido la fe, nos han formado a nosotros, el clero nativo, pero creo que ha habido poca preocupación y poco acierto en el fomento de las vocaciones nativas.

¿Esa tendencia se está revirtiendo?

Muy poco a poco, y en medio de una época en la que es escaso mundialmente el fenómeno de la vocación...

En Europa, sobre todo.

Yo digo que en todo el mundo. La gente tiene menos hijos y les cuesta mucho más entregar uno a Dios. Además, hay una proliferación enorme de familias y grupos religiosos que se han suscitado en las últimas dos décadas, entonces claro...

Más competencia.

Muchísima más, cuando hay poca demanda.

¿En la alta jerarquía pasa lo mismo? ¿Sigue habiendo muchos obispos extranjeros?

Demasiados. Menos que antes, pero demasiados todavía.

¿Es una reivindicación de la Iglesia peruana cambiar eso?

Es un deseo. No una imposición, porque la Iglesia es universal y hay que pensar en términos planetarios. Pero que los obispos sean nativos es tan obvio... Los religiosos deberían ceder el paso a otros sacerdotes diocesanos, porque su vocación ahí podría ser el episcopado.

Cohabitan distintas sensibilidades: la progresista y la conservadora. ¿Determina esto la Iglesia?

No me gusta la división con los términos derechas e izquierdas, pero la realidad es fuerte y es ésa: hay mucho conservadurismo en amplios sectores del clero y todo ese impulso renovador que implicaba experiencias, ensayos, búsquedas, que el Vaticano II tanto propició, quedó frenado. Por ejemplo, en liturgia, no se puede experimentar más. Hay misa en lengua vernácula y una cierta participación de los laicos en la eucaristía, pero nada más. La liturgia sigue siendo romana y poco inculturada, excepto en las zonas de sierra y selva, donde las culturas nativas son mucho más mayoritarias. Aquí no es así... Lima es una metrópolis.

Visitando en Lima las grandes catedrales y basílicas, he visto algún Niño Jesús inca.

Sí, por ejemplo. Lleva un sombrerito...desde los tiempos del virreinato. Pero, pese a la tradición, la diferencia progres-conservadores está. Sobre todo con relación al paso de la puesta en práctica al detenimiento del Vaticano II. Hay dos Iglesias: la que se renovó y sigue manteniendo la renovación continua, propia del Vaticano II, y la que dio marcha atrás y volvió a lo establecido, a la Teología de antes del Concilio.

¿Por miedo?

Claro.

¿Al exceso?

En cuanto se comete uno, la solución es el "ya no".

¿Y cómo se encaja eso en la nueva dinámica que viene de Roma, en la tendencia que marca el Papa Francisco?

Ojalá que vaya cundiendo el pensamiento de Francisco y su comportamiento. Ahora estamos muy lejos de lo que difunde en sus homilías: esa Iglesia de frontera, misericordiosa, no es tan grande como la desvinculada del pueblo...

¿Hay demasiado clero-funcionariado?

Por supuesto. El párroco suele ser un funcionario y no un misionero o pastor que es lo que tendría que ser. Pese mucho el lado de funcionario, lo que el Papa llama "el esquema aduana" en la administración parroquial. Y la gente se queja. No dudo de que haya que tomar cautelas para asegurar, por ejemplo, la validez de un sacramento; que tenga que haber, por ejemplo, preparación al matrimonio o nulidad en caso de bigamia, qué sé yo; pero son muchos folios, papeles, declaraciones, documentos a traer convalidados... Sellos que lo hacen todo difícil.

 

La Teología de la Liberación está del otro lado de todo ese papeleo pero, ¿está ahora virando al centro después de haberse ido demasiado a la izquierda?

La Teología de la Liberación ha sido una riqueza de la Iglesia universal, porque ha vuelto a ponernos a los pobres como protagonistas de la vida eclesial. El concepto de pobre es un concepto profundamente bíblico y el amor preferencial por ellos, el que les tuvo Jesús, es tan evidente que debe estar presente en la vida del cristiano. Es una gran aportación que la Iglesia tiene que asimilar y que aquí lo ha logrado. Ya hay mucho más interés por la transformación social del país, porque no haya pobres entre nosotros y porque la lucha contra la pobreza sea algo de todos los niveles sociales.

¿Eso podría cambiar ahora?

Yo creo que la espiritualidad concomitante de la Teología de la Liberación se va a mantener igual. Pero la reflexión sobre la pobreza es bien difícil, porque no hay que olvidar que la Teología de la Liberación es un pensamiento latinoamericano fuertemente influenciado por el contexto social y político de la década de los setenta...

Ahora hay que pensar en otras cosas: la misma responsabilidad social pero, por qué no, un empresariado con valores cristianos, éticos, morales, ecologistas... La sociedad tiene que tener corazón aunque ya no se hable en términos de lucha de clases o de transformar la economía en nuevas formas de colectivismo...Ahora nadie se atreve a pensar que la función del Estado debe ser directiva de la economía. Sí reguladora, eso es distinto. Pero el peso de la producción económica no puede ser llevado por el Estado.

¿De Roma vienen aires nuevos? ¿Se siente en Perú esa ilusión que viene desde allí?

El Papa, sin duda, es un respiro. Una ventana abierta. Es una primavera que ojalá dure más que la estela de Juan XXIII. Yo espero que, tras su Pontificado, quede su lenguaje y quede su figura. Sus gestos, su inspiración.

¿La misericordia va a marcar este Pontificado?

Sin duda alguna, porque está calando en la gente y en cómo pensamos.

¿Y en las estructuras?

Eso tarda más.

¿Las resistencias están en las curias o en otros sitios? ¿Quiénes son los que no quieren que se den esos pasos?

No solamente en las curias. Están también en los sectores empresariales, por ejemplo. No quieren una Iglesia con novedades éticas que les muevan el piso. Vivimos el capitalismo...

¿Pero hay esperanza de que esta revolución tranquila cuaje?

Nuestra Iglesia perdió liderazgo; la jerarquía lo ha perdido. Y, por ejemplo, en la defensa del hábitat natural participa muy pobremente. Aquí tenemos a Pedro Barreto y hasta lo han amenazado de muerte porque se opuso a la contaminación de un pueblo por una minera que en Estados Unidos tiene fama de salvaje. Esos son desafíos muy serios en los cuales la Iglesia tiene que ir tomando posiciones, como va a hacer Francisco con su encíclica. Yo echo de menos una especie de pensamiento común de la Iglesia peruana frente a la explotación de los recursos. No sólo porque ya está tachada la Iglesia como antiminera, sino porque hay que dar material de pensamiento a los empresarios de las minas. No se trata de extraer a todo costo contaminando el hábitat.

¿A la cuestión indígena también habría que darle una vuelta en Perú?

Sí, porque aquí no llegan a ser nunca protagonistas de la vida nacional nuestras comunidades étnicas. Están muy abandonadas, en niveles de miseria económica y social muy grandes.

¿En eso la Iglesia sí está teniendo una voz más profética?

No en todos los vicariatos, pero sí. Ahí se espera algo. Ahora, por ejemplo, esta iniciativa de convergencia panamazónica va a esforzarse en que varios países dialoguen.

Ahí es donde está también metido Monseñor Barreto. Por último, ¿goza de buena salud la jerarquía de la Compañía de Jesús?

Buena salud tiene, aunque la disminución numérica nos golpea como a todas las compañías religiosas. Mantiene todas las opciones tomadas en nuestros últimos capítulos generales: la lucha por la justicia, el amor preferencial al pobre, el servicio de la fe, el diálogo intercultural e interreligioso, la defensa de los derechos de la mujer y las comunicaciones. Son firmes tomas de posición: se mantienen vivas sin retrocesos en la mente y el corazón de todos los jesuitas.

Estamos unidos y son cada vez menos las diferencias que había entre nosotros en los setenta, de jesuitas conservadores y jesuitas revolucionarios. También es verdad que hay menos revoluciones y, por consiguiente, hay menos lucha social... Los jesuitas estamos metidos en menos conflictos, aunque no faltan algunos encarcelados y los que fueron asesinados.

¿Se está desplazando hacia Asia?

Hay un eje asiático fuerte. Numéricamente, va a ser una compañía asiática. Ya en la última congregación general el bloque de jesuitas de la India era alucinante.

Si la vanguardia que sois va hacia ahí, ¿irá toda la Iglesia? ¿Latinoamérica ha dejado de ser el continente de la esperanza de la Iglesia católica?

Es una esperanza, pero ha perdido liderazgo. O se lo han hecho perder... no sé.

Sin embargo el Papa por primera vez es latinoamericano y un líder mundial...

La Iglesia latinoamericana era líder cuando, en el episcopado brasileño, había un lujo de obispos y cardenales. Teólogos y testigos de la fe y la entrega a los pobres. Ejemplos. Helder Cámara y toda esa generación tan lúcida. Era realmente un grupo bellísimo que influyó en el Concilio, en las conferencias de Medellín, Puebla, Santo Domingo...con su pasión. ¿Quiénes han venido a sustituirlos?

¿Ese descenso de figuras de liderazgo ha pasado en todos los episcopados?

En todos. Han sido sistemáticamente sustituidos por personas muy buenas, obispos muy entregados y amorosos pero neocatecumenales, extranjeros, funcionarios... en fin. Ya no hay voz.

¿Ya no hay voz social?

No hay voz porque tampoco hay potencia en el mensaje. Presencia en los medios, palabra escrita, cartas... ¡no se protesta! Mensajes apostólicos o episcopales como todos los que había en aquella época y que tanto bien hacían en la gente.

¿Tampoco en la Compañía?

También ha bajado. Se ha perdido con el decrecimiento numérico. Las grandes figuras, los grandes teólogos, van siendo sustituidos. Me acuerdo de que, cuando analizamos la situación de la Compañía, vimos que antes teníamos grandes montañas; gente que despuntaba. Ahora tenemos cordilleras...

Es asombroso y ejemplar que un Superior General se retire, se vaya al Líbano y se quede en la base.

Es bonito, pero así era él.

Fue el primero, pero tal vez este también lo haga....

Algo anunció. Ojalá que se genere una costumbre. Uno solo no, pero ya dos crean un modo de operar.

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