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Francisco en Huerto de los Olivos: todos estamos expuestos al pecado, a la traición
26 - 05 - 2014 - PAPADOS - Francisco

Arranca la ceremonia en el Huerto de los Olivos. En el lugar en el que Jesús se despidió de sus discípulos, Francisco quiso encontrarse con sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas que viven y trabajan en esta Tierra Santa, a quienes animó a "dar testimonio de la muerte y la resurrección de Jesús", con "alegría y esperanza", sabiendo que "todos estamos expuestos al pecado, a la traición".

Ante la piedra donde, según la tradición, Jesús oró sangre y agua, donde pidió a su Padre que apartara el cáliz de la tortura y la muerte, el Papa ora con fervor, detenidamente, en silencio. El cansancio de un intensísimo viaje comienza a notarse, y son dos religiosos quienes tienen que ayudarle a levantarse.

Sonaron las campanas cuando Francisco llegó hasta el templo, tras el almuerzo y la visita privada al patriarca ecuménico de Constantinopla. Al entrar, estalló un rotundo aplauso, salvas al Papa y alegría, mucha alegría. La que necesitan estos hombres que a menudo pasan las de Caín custodiando el Evangelio en la tierra que pisó Jesús. Piedras vivas.

Arranca la ceremonia con unas palabras del patriarca de Jerusalén, Faouad Twal, quien recuerda cómo en el Huerto de los Olivos "se vivió la agonía del Maestro", que "continúa a través de la agonía del pueblo y de todos los seres humanos"

"Jerusalén -dijo Twal- es la ciudad que une a los creyentes, y que a la vez, los divide. Ciudad del calvario igual que es la ciudad de la Resurrección y de la esperanza"

En la ceremonia, recordó el patriarca, se encuentran "religiosos y religiosas de cerca de un centenra de congregaciones. Ellos son nuestra fuerza, nuestra riqueza, que viven su cruz cotidiana y la gloria de ser consagrados". Así es la vida de fe: "Vida, cruz, muerte y resurrección"

 

"Como Jesús en Getsemaní, nuestros consagrados se sienten a veces solos y abandonados", proclamó Twal, quien pidió al Papa que, a través de su voz, pida a los obispos y los fieles de todo el mundo "más cercanía y más fidelidad" a esta Iglesia madre. Palabras duras las del patriarca de Jerusalén.

Francisco escucha atentamente la petición, con seriedad, conocedor de que, en buena medida, los cristianos de Tierra Santa son los grandes olvidados de la Iglesia, los grandes perdedores de un conflicto enquistado.

Francisco dirige la oración ante los sacerdotes y consagrados de Jerusalén. Después, en el lugar en el que sucedió, vuelve a recordarse la Pasión de Jesús. Una lectura emotiva, en un lugar en el que se siente que de verdad Cristo padeció allí, que no fue una cruel pesadilla.

 


Palabras del Papa

"Jesús se retira aquí, al pie del huerto de los Olivos. Estamos en un lugar santo, santificado por la oración de Jesús, por su angustia, por su sudor de sangre. Santificado sobre todo por su 'sí' a la voluntad de amor al Padre"


"Tenemos miedo de tener este sentimiento experimentado por Jesús"


"Aquí vienen las dudas, el miedo, el terror"


"Nos hará biena todos, obispos, sacerdotes, consagrados, seminaristas, preguntarnos qué somos delante del Señor que sufre. ¿Quién soy yo delante del Señor que sufre?"


"¿Somos aquellos que invitados por el Señor, nos atemorizamos y nos alejamos, sin afrontar la realidad? ¿Somos de aquellos? ¿O reconocemos que nos puede el miedo y abandonamos al Maestro en su hora más difícil?"


"¿Es tan fuerte en mí la falsedad de quien lo vendió por 30 monedas, que le ha estado llamando amigo y después ha traicionado a Jesús? ¿Me reconozco en aquellos, débiles, que lo negaron, como Pedro?"


"Pedro, movido por el miedo, negó conocerlo"


"¿O somos aquellos que intentamos organizar nuestra vida sin él, como los discípulos de Emaús?"


"Estad fieles hasta el final, como la Virgen María o el apóstol Juan, cuando en el Gólgota todo se vuele oscuro y no se ve esperanza, sólo el amor es más fuerte que la muerte. El amor de la madre, es del discípulo predilecto, conjuga, en el fondo, el dolor de Jesús"


"¿Me reconozco en ellos que han acompñaado al Maestro hasta el martirio, testimoniando su fuerza incomparable, el horizonte último de su vida?"


"Jesús: su fidelidad y su misericordia son el don inestimable que nos anima a proseguir nuestro segumiento. No obstante nuestros miedos, nuestros errores y nuestras traiciones"


"Esta bondad del Señor no nos exime de la vigilancia frente a la tentación, al pecado, al mal en la vida sacerdotal y religiosa. Todos nosotros estamos expuestos al pecado, al mal, a la traición"


"Advertimos las proporciones que hay tras la grandeza de la llamada de Jesús y nuestra pequeñez, nuestra fragilidad humana"


"Pero el Señor, en su gran bondad, en su infinita misericordia, nos coge siempre de la mano, para que no nos hundamos en el mar del miedo. Él es siempre nuestro flanco, nunca nos deja solos, no nos deja ser vencidos por el miedo. Nos acompaña en nuestro camino, en nuestra misión"


"Hoy, quiero que os sintais llamados a seguir a Jesús con alegría en esta Tierra Bendita. Es un don, aunque también una responsabidlidad. Vuestra presencia aquí es muy importante. Toda la Iglesia os sostiene con la oración"


"Os recuerdo con afecto y oro por vosotros, conociendo la dificultad de la vida en la ciudad"


"Os animo a dar testimonio de la muerte y la resurrección de Jesús, con alegría y esperanza"


"Estemos al lado de tantas cruces donde Jesús es hoy crucificado. Este es el camino que Jesús nos invita a seguir. No hay otra. Quien quiera servirme, que me siga"

 

Este es el discurso del Papa:

 

"Salió... al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos" (Lc 22,39).
Cuando llegó la hora señalada por Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado, Jesús se retiró aquí, a Getsemaní, a los pies del monte de los Olivos. Nos encontramos en este lugar santo, santificado por la oración de Jesús, por su angustia, por su sudor de sangre; santificado sobre todo por su "sí" a la voluntad de amor del Padre. Sentimos casi temor de acercarnos a los sentimientos que Jesús experimentó en aquella hora; entramos de puntillas en aquel espacio interior donde se decidió el drama del mundo.
En aquella hora, Jesús sintió la necesidad de rezar y de tener junto a sí a sus discípulos, a sus amigos, que lo habían seguido y habían compartido más de cerca su misión. Pero aquí, en Getsemaní, el seguimiento se hace difícil e incierto; se hace sentir la duda, el cansancio y el terror. En el frenético desarrollo de la pasión de Jesús, los discípulos tomarán diversas actitudes en relación a su Maestro: de acercamiento, de alejamiento, de incertidumbre.
Nos hará bien a todos nosotros, obispos, sacerdotes, personas consagradas, seminaristas, preguntarnos en este lugar: ¿quién soy yo ante mi Señor que sufre?
¿Soy de los que, invitados por Jesús a velar con él, se duermen y, en lugar de rezar, tratan de evadirse cerrando los ojos a la realidad?
¿Me identifico con aquellos que huyeron por miedo, abandonando al Maestro en la hora más trágica de su vida terrena?
¿Descubro en mí la doblez, la falsedad de aquel que lo vendió por treinta monedas, que, habiendo sido llamado amigo, traicionó a Jesús?
¿Me identifico con los que fueron débiles y lo negaron, como Pedro? Poco antes, había prometido a Jesús que lo seguiría hasta la muerte (cf. Lc 22,33); después, acorralado y presa del pánico, jura que no lo conoce.
¿Me parezco a aquellos que ya estaban organizando su vida sin Él, como los dos discípulos de Emaús, necios y torpes de corazón para creer en las palabras de los profetas (cf. Lc 24,25)?
O bien, gracias a Dios, ¿me encuentro entre aquellos que fueron fieles hasta el final, como la Virgen María y el apóstol Juan? Cuando sobre el Gólgota todo se hace oscuridad y toda esperanza parece apagarse, sólo el amor es más fuerte que la muerte. El amor de la Madre y del discípulo amado los lleva a permanecer a los pies de la cruz, para compartir hasta el final el dolor de Jesús.
¿Me identifico con aquellos que han imitado a su Maestro y Señor hasta el martirio, dando testimonio de hasta qué punto Él lo era todo para ellos, la fuerza incomparable de su misión y el horizonte último de su vida?
La amistad de Jesús con nosotros, su fidelidad y su misericordia son el don inestimable que nos anima a continuar con confianza en el seguimiento a pesar de nuestras caídas, nuestros errores y nuestras traiciones.
Pero esta bondad del Señor no nos exime de la vigilancia frente al tentador, al pecado, al mal y a la traición que pueden atravesar también la vida sacerdotal y religiosa. Advertimos la desproporción entre la grandeza de la llamada de Jesús y nuestra pequeñez, entre la sublimidad de la misión y nuestra fragilidad humana. Pero el Señor, en su gran bondad y en su infinita misericordia, nos toma siempre de la mano, para que no perezcamos en el mar de la aflicción. Él está siempre a nuestro lado, no nos deja nunca solos. Por tanto, no nos dejemos vencer por el miedo y la desesperanza, sino que con entusiasmo y confianza vayamos adelante en nuestro camino y en nuestra misión.
Ustedes, queridos hermanos y hermanas, están llamados a seguir al Señor con alegría en esta Tierra bendita. Es un don y una responsabilidad. Su presencia aquí es muy importante; toda la Iglesia se lo agradece y los apoya con la oración.
Imitemos a la Virgen María y a san Juan, y permanezcamos junto a las muchas cruces en las que Jesús está todavía crucificado. Éste es el camino en el que el Redentor nos llama a seguirlo.
"El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí estará mi servidor" (Jn 12,26).(RELIGION DIGITAL)


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