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La belleza en la liturgia
02 - 05 - 2017 - IGLESIA - Vida religiosa

«La belleza en la liturgia acontece por la comunión con Dios, que se da a nosotros a través de los santos signos para revestirnos del hombre nuevo, para hacernos brillar con una luz no infectada por el pecado». Corrado Maggioni, subsecretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, fue uno de los participantes en la Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, celebrada del 20 al 23 de abril en Madrid (España), dedicada al significado de la belleza desde diversas perspectivas. (R.B.- Alfa y Omega)

Para la liturgia –dice– hay siempre una dimensión «estética, sensible», pero que no es necesariamente «como la estética mundana». Más que «el ver y el oír», que «también son importantes», lo decisivo es que «la liturgia habla al corazón», capaz de percibir «más allá de lo visible y de lo audible». «Como decía san Agustín –añade– también el Crucificado, desfigurado, es bello, el más bello de los hombres, porque su deformidad es la causa de nuestra belleza».

Algunos ponen el acento en la participación de la comunidad. Otros, en la solemnidad de la celebración. ¿Hay un criterio único válido para toda ocasión?

Participación y solemnidad no se contraponen. Al ser la liturgia una oración comunitaria, es fundamental la participación, que, sobre todo, es interior. Lo que se hace exteriormente debe surgir del corazón; lo contrario es un ritualismo vacío. Dicho esto, es necesario añadir que la forma exterior es una mediación importante. El Misterio invisible se comunica a través de signos sensibles, que son precisamente ritos y oraciones, y que no se dejan a la arbitrariedad subjetiva, sino que son regulados por la autoridad de la Iglesia. No somos dueños de la celebración, ni siquiera de la forma, sino servidores de ella.

¿Cuál es el margen de adaptación aceptable en la celebración de la Misa?

En los libros litúrgicos se dice lo que se puede y lo que no se puede adaptar, por qué motivos, tanto pastorales como culturales, y a quién compete hacerlo y cómo. Por poner algún ejemplo, las moniciones del sacerdote pueden cambiar según el tipo de asamblea, mientras que las lecturas y la plegaria eucarística son preceptivas.

En tiempos de analfabetismo religioso, ¿qué función tiene la liturgia para transmitir el misterio de Dios a la persona alejada que asiste, por ejemplo, a una boda?

Tiene una función que podría compararse a la poesía, que interesa a todos aquellos que tienen un alma abierta. El lenguaje poético-simbólico dice sin explicar cada detalle, habla a toda la persona de modo evocativo y toca aspectos de la vida común de cada uno: el nacimiento, la muerte, el dolor, la petición de ayuda, la alabanza. Cierto, cuanto más está mi corazón en sintonía con los misterios de Dios, más puedo acoger su acción. Pienso que la oración litúrgica de un funeral o de un matrimonio tiene palabras que pueden llegar al corazón, incluso a los corazones menos abiertos.

Antes de empezar la Misa, el Papa se recoge unos minutos en silencio y se prepara espiritualmente. ¿Es esto un ejemplo para cualquier sacerdote?

Esto debería ser importante también para todos los fieles. Ya cuando uno sale hacia la iglesia, su corazón debe empezar a prepararse. Si vamos para escuchar la Palabra de Dios y mi corazón no está suficientemente dispuesto, silenciado de mil voces que lo aturden, la Palabra no llega.

¿Cómo definiría el estilo de celebración del Papa?

Es un ejemplo de liturgia sobria pero sentida, que le envuelve a él y a las personas que le escuchan. No me refiero solo a las celebraciones solemnes en San Pedro, sino también a las Misas que celebra cada mañana en Santa Marta. Ahí destacaría especialmente sus homilías, breves y relacionadas con los textos que se han escuchado. Porque la homilía debe ilustrar el Evangelio, no hacer un discurso sobre cualquier tema.

¿Qué significa desde la liturgia la expresión «Iglesia en salida»?

La liturgia es como un alimento, como una transfusión de sangre que, desde Cristo, llega a los miembros de su Cuerpo. Es siempre una acción en salida, del Dios que sale de sí para dejarse encontrar por nosotros. La liturgia es siempre una acción en salida hacia una situación de pobreza, hacia quien tiene necesidad de esta transfusión y desea dejar una vida de egoísmo por otra de donación, morir al hombre viejo para que viva el nuevo.

Ha habido vivos debates entre quienes defienden profundizar en la línea de la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, aumentando incluso la participación de los fieles, y quienes, por el contrario, ponen el foco en la necesidad de corregir algunos excesos posconciliares con una reforma de la reforma.

Hay gente que quiere reformar para ir más hacia adelante o para volver hacia atrás. El mismo Papa, con motivo de la presentación del volumen que recoge sus homilías en Buenos Aires, decía en julio que «el Vaticano II y la Sacrosanctum Concilium deben continuar como son» y que «hablar de reforma de la reforma es un error». Pienso que lo primero que se necesita es comprender las cuestiones implicadas y saber de qué hablamos, más allá de opiniones y sensibilidades legítimas. La Sacrosanctum Concilium es un punto de partida irrenunciable. De ella se deriva la reforma de los libros litúrgicos, cumplida por la Sede Apostólica. Se han tomado decisiones, pero no han sido tomadas solo por un grupo de expertos, sino que los libros reformados llevan la firma del Papa. Pablo VI ha dedicado muchas energías para explicar la renovación litúrgica. Hay documentos autógrafos para aprobar el rito de la Misa. ¡Los padres conciliares no han rechazado los libros renovados! La puesta en práctica de cuanto está previsto en los libros litúrgicos sí que ha tenido luces y sombras, retrasos y excesos. Hay que evitar las generalizaciones. El camino que seguir implica la responsabilidad de la Sede Apostólica en diálogo con las conferencias episcopales, para que la liturgia verdaderamente dé forma al pueblo de Dios.