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“Así, como Papa, recibo a homosexuales y trans”
03 - 10 - 2016 - PAPADOS - Francisco

Durante el vuelo de regreso desde Bakú a Roma, explicó por qué condena la teoría de género en las escuelas, pero también porqué hay que acompañar a los homosexuales y «acercarlos al Señor». «Es lo que Jesús haría hoy».

«Incluso como Papa, sigo acompañando a personas con tendencia y prácticas homosexuales». Lo dijo Papa Francisco al responder a las preguntas de los periodistas que durante el vuelo de regreso de Bakú a Roma le preguntaron sobre la dureza de sus palabras contra la teoría de género, pronunciadas el pasado primero de octubre en Georgia. El Papa contó que conoció a una persona que cambió de sexo, a la que recibió en el Vaticano, y habló sobre los próximos viajes, sobre el inminente consistorio, sobre China, sobre las elecciones estadounidenses y sobre el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán.

Usted habló sobre la teoría de género que destruye el matrimonio. Como pastor, ¿qué le diría a una persona que sufre desde años con su sexualidad y que siente que su identidad sexual no corresponde a su identidad biológica?

Yo he acompañado en mi vida de sacerdote, de obispo e incluso como Papa, a personas con tendencia y con prácticas homosexuales. Las he acompañado y las he acercado al Señor, algunos no pueden… Pero hay que acompañar a las personas como las acompaña Jesús. Cuando una persona que tiene esta condición llega ante Jesús, Él seguramente no le dirá: “¡Vete, porque eres homosexual!”. Aquello sobre lo que hablé es esa maldad que hoy se hace con el adoctrinamiento de la teoría de género. Me contaba un papá francés que en la mesa estaba hablando con sus hijos, y le preguntó al hijo de 10 años: “¿Tú qué vas a ser de grande?” “¡Una chica!”. Y el papá se dio cuenta de que en los libros de escuela se enseñaba la teoría de género, y esto va contra las cosas naturales. Una cosa es que una persona tenga esta tendencia o esta opción, o incluso quien cambie de sexo. Otra cosa es enseñar en las escuelas esta línea, para cambiar la mentalidad. A esto yo le llamo “colonización ideológica”.

El año pasado recibí una carta de un español que me contaba su historia de niño y de joven. Era una niña, una niña que había sufrido mucho. Se sentía chico, pero era físicamente una chica. Se lo contó a su mamá y le dijo que quería hacer una operación quirúrgica. La mamá le pidió que no lo hiciera, mientras ella estuviera viva. Era anciana, y murió poco después. Se hizo la operación, ahora es empleado en un ministerio en España. Fue a ver al obispo y el obispo lo ha acompañado mucho. Un buen obispo, este, “perdía” tiempo para acompañar a este hombre. Y luego se casó, cambió su identidad civil y él (que era ella pero era él) me escribió que para él habría sido de consuelo venir a verme. Los recibí. Me contó que en el barrio en el que vivía estaban el viejo sacerdote, el viejo párroco, y uno nuevo. Cuando el nuevo párroco lo veía, le gritaba desde la acera: “¡Te vas a ir al infierno!”. Cuando se encontraba con el viejo, le decía: “¿Desde hace cuánto que no te confiesas? Ven, ven…”. La vida es la vida, y hay que tomar las cosas como vienen. El pecado es el pecado. Las tendencias o los desequilibrios hormonales dan muchos problemas y debemos estar muy atentos al decir que es todo es lo mismo: cada caso, hay que acogerlo, acompañarlo, estudiarlo, discernir e integrarlo. Esto es lo que haría Jesús hoy. Por favor, no vayan a decir: “¡El Papa santificará a los trans!”. Ya estoy viendo las primeras planas de los diarios… Es un problema humano, de moral. Y hay que resolverlo como se puede, siempre con la misericordia de Dios, con la verdad, pero siempre con el corazón abierto.

Usted ayer habló sobre una guerra mundial en contra del matrimonio, y usó palabras muy fuertes contra el divorcio, diciendo que ensucia la imagen de Dios. Pero en los últimos meses se había hablado de una acogida para los divorciados…

Todo eso que dije el sábado, con otras palabras, se encuentra en «Amoris laetitia» (la exhortación post-sinodal sobre la familia, ndr.): cuando se habla de matrimonio como unión de hombre y de la mujer, como imagen de Dios… (hombre y mujer, no solo hombre) que se vuelven una sola carne al unirse en el matrimonio. Esta es la verdad. Es cierto que en esta cultura, los conflictos, muchos problemas no solucionados y muchas “filosofías”, llevan a esta guerra mundial contra el matrimonio: debemos tener cuidado para no dejar que entren en nosotros estas ideas. Cuando se destruye la imagen de Dios, se desfigura la imagen de Dios. «Amoris laetitia» habla sobre cómo hay que tratar estos casos, las familias heridas, y tiene que ver la misericordia. Hay una oración muy bella de la Iglesia, y la rezamos la semana pasada: «Dios que tan maravillosamente has creado el mundo y más maravilloso lo has recreado con la redención y la misericordia». El principio es ese, pero las debilidades humanas existen, los pecados existen, pero siempre la última palabra no la tienen las debilidades, los pecados, ¡sino la misericordia!. En la Iglesia de Santa María Magdalena en Vézelay hay un capitel muy bello de 1200. Por una parte del capitel está Judas ahorcado, y de la otra está Jesús el Buen pastor que lo carga y se lo lleva consigo. Y si vemos bien la cara de Jesús, los labios están tristes, de un lado, y con una pequeña sonrisa de complicidad del otro. ¡Estos habían entendido qué es la misericordia! En el matrimonio hay problemas, y, ¿cómo se resuelven? Con cuatro criterios: acoger a las familias heridas, acompañar, discernir cada caso e integrar. Esto significa colaborar en esta recreación maravillosa que ha hecho el Señor con la redención. En «Amoris laetitia», todos van al capítulo octavo, pero hay que leerla toda, desde el principio hasta el fin. El centro es el capítulo cuarto, sirve para toda la vida. Pero hay que leerla toda, y releerla y discutirla toda, es un conjunto. Está el pecado, la ruptura, pero también está la cura, la misericordia, la redención.

¿Cuándo creará a los nuevos cardenales y cuáles criterios usa para este tipo de nombramientos?

Los criterios serán los mismos que los de los dos consistorios anteriores. Los haré un poco por todas partes, porque la Iglesia está en todo el mundo. Todavía estoy estudiando los nombres. La lista es larga, pero solo hay trece lugares. Me gusta que se vea en el colegio cardenalicio la universalidad de la Iglesia, no solo el centro europeo. Por todas partes, en los cinco continentes. Podrá ser a finales de este año, pero está el problema del Año santo, o a principios del año que viene.

¿Cuáles serán los próximos viajes internacionales en 2017?

Seguro iré a Portugal, y solo iré a Fátima. Esta Año santo se suspendieron las visitas «ad limina» de los obispos; el próximo año debo hacer las visitas «ad limina» de este año y del próximo. Casi seguramente iré a India y Bangladesh. A África no es tan seguro, depende de la situación política y de las guerras. A Colombia: dije que si sale el proceso de paz, cuando todo esté blindado, si gana el plebiscito, cuando todo esté seguro y ya no se pueda dar marcha atrás, podría ir… Pero si es inestable, no. Todo depende de lo que diga el pueblo, que es soberano. Las formas democráticas y la soberanía del pueblo deben ir juntas. Se ha vuelto costumbre en ciertos países que, después del segundo mandato, el que acaba trata de cambiar la constitución para obtener un tercer mandato. Esto significa sobrevalorar la democracia, contra la soberanía del pueblo.

¿Por qué no hace un viaje a China? ¿Cuáles dificultades políticas y eclesiales impiden una visita del Papa?

Ustedes conocen bien la historia de China: está la Iglesia patriótica y está la Iglesia escondida. Se habla, hay comisiones; yo soy optimista. Ahora creo que los Museos Vaticanos hicieron una exposición en China. Hay muchos profesores que van a enseñar a las universidades chinas. Muchas monjas y curas que pueden trabajar bien allá. Hay que fijar las relaciones entre el Vaticano y China con una bue entendimiento, se necesita tiempo. Las coas lentas salen bien, las que hacemos con prisas no salen bien. El pueblo chino tiene mi afecto. El otro día, en la Academia de las Ciencias, hubo un congreso sobre la «Laudato si’», y había una delegación china. El presidente me mandó un regalo. Me gustaría ir, pero todavía no creo…

El obispo Lebrun dijo que usted autorizó la derogación de los tiempos de cinco años para proceder con el proceso de beatificación del padre Jacques Hamel, el sacerdote de la diócesis de Ruan asesinado en su Iglesia por fundamentalistas…

Hablé con el cardenal Amato (Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, ndr.) y estudiaremos la cosa. La intención es hacer las investigaciones necesarias para ver si existen las razones para hacerlo beato. Hay que buscar los testimonios, no perder los testimonios frescos, lo que vio la gente.

Es una historia difícil la que hay entre Armenia y Azerbaiyán. ¿Qué debería suceder para llegar a una paz permanente que tutele los derechos humanos?

El único camino es el diálogo sincero, cara a cara, sin acuerdos bajo la mesa. Una negociación sincera. Y si no se puede llegar a esto, hay que tener la valentía de ir a un Tribunal internacional, a La Haya, por ejemplo, y someterse al juicio internacional. La otra vía es la guerra. ¡Pero con la guerra se pierde todo! Los cristianos deben rezar para que los corazones tomen el camino del diálogo, de la negociación o de ir a un tribunal internacional. Pero no se puede tener problemas así: Georgia tiene un problema con Rusia. Armenia es un país sin fronteras abiertas, tiene problemas con Azerbaiyán. Hay que ir al tribunal internacional, no hay otra vía.

Para el próximo Premio Nobel de la paz hay varios candidatos, unos 300. El pueblo de la isla de Lesbos. O los Cascos blancos de Siria, los voluntarios que sacan a la gente de los escombros pagando con sus vidas. O el presidente de Colombia y el comandante de las Farc. ¿Usted quién cree que gane?

Hay mucha gente que vive para hacer la guerra, para vender armas, para matar. Pero también hay mucha gente, mucha, que trabaja por la paz. No sabría decir a quién elegir entre tanta gente. Es difícil. Usted solo mencionó a algunos, y hay muchos más. Espero que a nivel internacional haya un recuerdo, un reconocimiento, una declaración sobre los niños, sobre los inválidos, sobre los menores de edad, sobre los civiles muertos bajo las bombas de las guerras. ¡Creo que eso es un pecado! Un pecado contra Jesucristo, porque la carne de estos niños, de esa gente enferma, de esos ancianos indefensos, es la carne de Jesucristo. La humanidad tendría que decir algo sobre las víctimas de las guerras. Jesús dijo, sobre las personas que hacen la paz, que son bienaventurados. Pero debemos también decir algo sobre las víctimas de las guerras: ¡arrojan una bomba sobre un hospital y sobre una escuela y provocan muchas víctimas!

La campaña presidencial en Estados Unidos. ¿A cuál de los dos candidatos debería seguir un católico? Uno está muy alejado de muchos de los puntos de la enseñanza de la Iglesia, y el otro ha hecho ciertas declaraciones sobre los migrantes y sobre las minorías…

Usted me hace una pregunta describiendo una decisión difícil. Porque, según usted están en dificultades ambos. En una campaña electoral yo digo una palabra. El pueblo es soberano y soltanto diré: ¡estudia bien las propuestas, reza y elige con conciencia! Y luego salgo del caso específico y planteo una hipótesis escolar, porque no quiero hablar sobre el problema concreto: cuando pasa que en un país cualquiera hay dos o tres, cuatro candidatos que no satisfacen a todos, significa que la vida política de ese país tal vez está demasiado politizada, pero no tiene tanta cultura política. Una de las tareas de la Iglesia es la enseñanza en las facultades y enseñar a tener cultura política. Hay países (estoy pensando en América Latina) que están demasiado politizados pero que no tienen una cultura política, sin un pensamiento claro sobre la base, sobre las propuestas.

¿El testimonio para la historia es más importante que el testamento de un Papa? Se lo pregunto porque Juan Pablo II dijo que quemaran sus cartas, y acabaron en un libro…

Usted habla de un Papa que indica que quemen sus cartas, sus cartas. Pero este es el derecho de cualquier hombre y mujer. Tiene el derecho de hacerlo antes de morir. Si son culpables los que no respetan esa voluntad, no lo sé, no conozco bien el caso. No se ha respetado el testamento de mucha gente.

Después del encuentro con el Patriarca, ¿usted ve la posibilidad de una futura cooperación y diálogo entre las Iglesias ortodoxas y católica?

Me llevé dos sorpresas en Georgia. Una fue Georgia. Nunca me hubiera imaginado tanta cultura, tanta fe, tanta cristiandad. Un pueblo creyente y una cultura cristiana antiquísima, un pueblo de muchos mártires. Descubrí una cosa que no conocía: la extensión de esta fe georgiana. La segunda sorpresa fue el Patriarca: es un hombre de Dios, este hombre me conmovió. Las veces que lo encontré salí con el corazón conmovido, encontré un hombre de Dios. Sobre las cosas que nos unen y nos separan, yo diré: no nos pongamos a discutir sobre las cosas de doctrina, esto hay que dejárselo a los teólogos, ellos saben hacerlo mejor que nosotros, discuten y son buenos, son buenos, tanto de una parte como de la otra. ¿Qué tenemos que hacer nosotros, pueblo? Rezar los unos por los otros. Y hacer cosas juntos: están los pobres, trabajemos por los pobres; hay un problema, trabajemos juntos; están los migrantes, trabajemos juntos por los demás. Podemos hacerlo. Este es el camino del ecumenismo, y, con buena voluntad, se puede y se debe hacer. Hoy, el ecumenismo se debe hacer caminando juntos y rezando juntos. Pero Georgia es maravillosa, no me lo esperaba: cristiana hasta la médula.(VATICAN INSIDER)


martes 19 de

septiembre de 2017

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