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Misionero argentino en Alepo
09 - 08 - 2016 - INTERRELIGIOSO - Musulmanes

El sacerdote argentino David Fernández, del Instituto del Verbo Encarnado, cuenta el sufrimiento de los cristianos perseguidos en la ciudad siria, donde los ataques no cesan desde hace ya cinco años.

A través del Facebook SOS Cristianos en Siria, el sacerdote y misionero del Instituto del Verbo Encarnado cuenta el sufrimiento de los cristianos perseguidos en Alepo, una de las ciudades que más ha sufrido la violencia de los extremistas del Estado Islámico.

“Esta semana fue terrible. Llegué a contar más de cien bombas en un solo día… Imagínese lo que es vivir en una ciudad donde un día como el miércoles hubo 20 horas de bombardeos sin parar”, explica desde Alepo el misionero que llegó a Siria en el año 2009, cuando todavía la guerra no había llegado.

Desde hace cinco años, la ciudad de Alepo sufre día a día las devastadoras consecuencias de una injusta y terrorífica guerra. Las principales víctimas de este terrible escenario son los cristianos perseguidos, que cada día esquivan cientos de bombas para poder vivir un día más.

“Los bombardeos se ensañan especialmente contra las poblaciones vulnerables. Por eso esta semana atacaron el hospital maternal Al-Quds, donde murieron unas 50 personas, la mayoría embarazadas y bebes recién nacidos. Lo que los rebeldes están buscando es doblegar al gobierno con estos golpes”, explica el sacerdote David Fernández.

Alepo es la ciudad más grande después de su capital, Damasco. Se ha caracterizado desde siempre por ser la capital económica del país, por lo que es considerada como un enclave esencial para los grupos islamistas del Frente al-Nusra, como para el Estado Islámico y el Ejército Libre.

Ni alimentos, ni medicamentos, ni vida

“Por ahora las tropas del gobierno mantienen abierta la única ruta que ingresa a la ciudad. Así es como nos llegan las provisiones de alimentos y medicinas. Pero hay semanas enteras que está todo bloqueado y entonces empieza la lucha por la supervivencia”, cuenta el misionero.

Las dos casas del Instituto del Verbo Encargado sirven para hospedar a los jóvenes y familias que por la guerra han perdido todo lo poco que tenían. “Hay dos cosas que no me dejan dormir”, señala el padre David. “Una es el ruido de las bombas, y otra es el estado de alerta, porque estoy permanentemente pensando en cuándo llegará el momento de tener que escapar. Es mucha gente que está a nuestro cargo y sentimos la responsabilidad de cuidar la vida de cada uno de ellos.”

“¿Por qué no escapamos todos en masa de Siria? Primero porque es una travesía muy cara para la gente pobre. Cuesta miles de euros y el final es siempre incierto. Además, lanzarse a las rutas con toda una familia puede ser algo suicida. Los caminos están copados por los grupos rebeldes que se ensañan con los civiles que huyen”, explica el argentino.

“Ya sé que es difícil imaginarlo desde la Argentina, pero en medio de todo esto, la gente trata de trabajar y los jóvenes van a clases, aunque uno muchas veces se juega la vida hasta cuando sale a la calle a hacer las compras en un almacén. Todos vivimos esperando que esto en algún momento se termine y volvamos a vivir en paz.”

El padre cuenta que en los primeros años que estuvo en Alepo, “en Siria había una convivencia pacífica entre las diferentes etnias y religiones, cristianos, judíos y musulmanes. Si bien Al-Assad nunca fue un presidente democrático, era alguien con quien Occidente podía dialogar. Pero lo que estamos viendo es que en las áreas que caen ahora bajo control de los islamistas se aplica un régimen de terror y de persecución, especialmente contra los cristianos.”

¿Hay solución?

“Lo primero es que los países que están vendiendo armas y financiando a los rebeldes islamistas dejen de hacerlo. Ésta es una guerra creada y fomentada desde el exterior. Hay que permitir que Siria encuentre su propio camino hacia la democracia. Y no hay que engañarse: ninguno de los grupos que enfrentan al ejército nacional quiere la democracia. Si Occidente sigue apoyándolos se va a encontrar luego con un problema mucho más difícil de resolver”, concluye.

(Fuente: Infovaticana)


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