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Archivos reveladores: dictadura argentina y el nuncio Pío Laghi
29 - 03 - 2016 - HISTORIA - Contemporanea

La historia y una carta del arzobispo conservada en los Archivos vaticanos, con el descubrimiento de muchas realidades negadas sobre aquellos siete años (1976-1983)

Entre todas las verdades que podrían surgir gracias a la apertura de los Archivos vaticanos relacionados con el periodo de las cuatro Juntas militares que entre 1976 y 1983 gobernaron con ferocidad inaudita Argentina, el caso doloroso del Nuncio en Buenos Aires, el arzobispo Pío Laghi, podría ser una de las más interesantes, útiles y necesarias. Pío Laghi llegó a Buenos Aires acreditado como Nuncio del Papa el primero de julio de 1974, el mismo día de la muerte del Presidente Juan Domingo Perón; concluyó su misión diplomacia el 21 de diciembre de 1980. Fueron, para Pío Laghi, casi seis años de gran dolor y sufrimiento que marcaron para siempre su vida. Pero él no sabía todavía que se trataba solamente del principio. Lo descubrió en el Vaticano, cuando ya era cardenal y Prefecto de la Congregación para la Educación Católica, el 23 de marzo de 1997 por la mañana, cuando abrió el periódico italiano «Il Corriere della Sera». El diario publicó, en la página 10, un amplio reportaje titulado «Cardenal y carnicero». El subtítulo añadía: «Argentina - Pío Laghi acusado de haber formado parte de la dictadura militar argentina».

A partir de ese día terrible comenzó una voluminosa campaña de prensa sobre Pío Laghi, y no solo en Argentina, que gradualmente, con la técnica del gotero lo presentaba como si hubiera sido un monstruo. En estas denuncias, que acusaban al Nuncio de haber participado en el «secuestro, la tortura y los homicidios de miles de personas», participaron las Madres de la Plaza de Mayo, varios políticos y órganos de prensa tanto en América Latina como en Europa. El 4 de mayo de 1997, la Presidenta de las Madres de la Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, con Marta Badillo y el abogado Sergio Schocklender, anunció que habría pedido un proceso en su contra, pues el diplomacia, según su opinión, «visitaba asiduamente los centros de detención clandestinos y permitía las torturas y las ejecuciones que allí se llevaban a cabo». El Tribunal de Roma recibió los documentos el 21 de mayo de 1997, cuando el cardenal cumplió 75 años.

Los tiempos de la misión del Nuncio Laghi

Pío Laghi fue Nuncio en Buenos Aires de julio de 1974 a diciembre de 1980, es decir durante los veinte meses del gobierno de Isabelita Perón, la viuda que como Vice-presidente se ocupó del gobierno después de la muerte de su marido (es decir del primero de julio de 1974 al 24 de marzo de 1976); también le tocaron casi cuatro años de la dictadura de Jorge Videla. En estos años, el arzobispo Laghi tuvo que afrontar situaciones y fenómenos muy graves y difíciles. Por una parte estaba la crisis político-institucional que se creó con la sucesión de Isabel Perón, persona incapaz, en manos de personajes muy discutibles como su secretario personal, José López Rega, uno de los patrocinadores, con el dinero del estado, de la Alianza Anticomunista Argentina, utilizada para combatir los diferentes fenoles, incluso armados, del extremismo de la izquierda (los Montoneros, el Ejército revolucionario del pueblo, los Uturuncos, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y otros). Al cruce explosivo de los dos terrorismos, el de la insurrección y el del estado, se sumó, después del golpe de Videla, la represión inhumana y totalitaria de los militares que decían oficialmente actuar en nombre del cristianismo para favorecer y promover el polémico «Proceso de Reorganización Nacional». Además, esos fueron los años en los que seguía latente, bajo las cenizas, la tentación guerrera, tanto de Buenos Aires como de Santiago de Chile, en donde mandaba el dictador Augusto Pinochet, que habría llevado a un conflicto bélico devastador si Juan Pablo II no hubiera intervenido con la obra extraordinaria de intermediación del cardenal Antonio Samoré.

Las 5 mil fichas de Pío Laghi

Monseñor Laghi siempre se defendió con firmeza y dignidad de todas las acusaciones, incluso de las más evidentemente inconsistentes. Muchas veces se quejó de que no podía acceder a los Archivos, tanto en el Vaticano como en la Nunciatura argentina, en donde, decía, había alrededor de 5000 fichas que él mismo preparó sobre las víctimas de la represión. Bruno Passrrelli y Fernando Elenberg, en su libro «El cardenal y los desaparecidos», escribieron: «Laghi ayudó a salvar vidas humanas; asistió humana y materialmente a muchos perseguidos; intercedió a favor de detenidos que, abandonados en sus celdas, podían desaparecer en cualquier instante, víctimas de la política ‘Noche y Niebla’ a la sudamericana, practicada por los represores. Además, trató de verificar dónde habían quedado los ‘desaparecidos’, para regalar un rayo de esperanza a sus atormentados familiares. Criticó públicamente a la Junta Militar y siguió haciéndolo a pesar de que recibía amenazas de muerte y de que se enfrentara duramente con los obispos y capellanes militares que apoyaban al régimen y con los cuales, en cuanto Representante Pontificio, debía convivir».

Estos juicios se basan en muchas investigaciones que demuestran, por citar un solo dato, que en 1979 pidió a las autoridades argentinas aclaraciones sobre 2388 ciudadanos, y aunque era cierto que era amigo del almirante Emilio Massera (unid e los tres miembros de la Junta militar) fue declarado persona no grata en 1980 por parte del gobierno argentino, por lo que tuvo que abandonar el país.

En el libro antes citado se lee: «Los testimonios (ndr: sobre las obras humanitarias de Laghi) no faltan. En una minuta sin fecha, el Secretario de Estado, el cardenal Jean Villot, se refiere a un informe que Laghi le había enviado pocos días antes aludiendo a la situación de un grupo de mujeres argentinas cuyos familiares habían sido secuestrados y estaban o detenidos o desaparecidos. Y escribe: ‘Le estoy vivamente agradecido por las informaciones que nos ha ofrecido en el contexto de muchos otros casos a favor de los que esta Nunciatura Apostólica interviene repetida e infatigablemente, ante las autoridades competentes, a pesar de la poca atención que estas le prestan’».

Los conflictos en el Episcopado

Además de todas las graves y muy delicadas situaciones que el Nuncio Laghi tuvo que afrontar durante su misión diplomática y eclesial, recordadas sumariamente en este texto, hubo una muy difícil y complicada para un servidor del Papa llamado, por misión y servicio, a defender y reforzar la unidad de los obispos del país. La compleja y muy frágil situación de Argentina hirió seriamente al cuerpo episcopal, que Laghi encontró muy dividido, litigante y polarizado. La dictadura, pagana y totalitaria, logró sembrar (en nombre de la defensa del cristianismo, y en particular del catolicismo) tantas y tan profundas divisiones y antagonismo entre los obispos que la muerte de dos de ellos, asesinados pos sus posiciones críticas, mons. Angelelli (1976) y mons. Ponce de León (1977), pasaron como «simples accidentes callejeros» para la mayor parte del Episcopado y durante muchos años.

Había obispos que confiaban ciegamente en los dictadores y les perdonaban cualquier cosa, incluso los peores excesos. Había obispos radicalmente críticos, pocos, que se expresaban con cautela y medida.

Había obispos, la gran mayoría, que eligieron la discutible vía de: «No nos toca la política».

Y todas estas tensiones y diferencias estaban enmarcadas en una larguísima controversia sobre el Concilio Vaticano II, a cuyas conclusiones se oponían obstinadamente muchos obispos, que recibieron varios llamados a la disciplina por parte de Pablo VI. Mientras tanto, el Movimiento de los sacerdotes para el Tercer Mundo criticaba duramente a la jerarquía. Y también estaba la delicadísima cuestión de la sucesión del primado, el cardenal Antonio Caggiano (1889-1979).

Cuando san Juan Pablo II visitó por pocas horas el país, tratando de buscar una vía para detener la inminente guerra entre Argentina y Chile, subrayó ante los obispos: «La misión del obispo siempre tiene un aspecto que no pretendo disimular. Es fácil y a veces puede ser cómodo abandonar las cosas diferentes a su dispersión. Es fácil, colocándose al otro extremo, reducir con la fuerza la diversidad a una uniformidad monolítica e indiscriminada. Es difícil, por el contrario, construir la unidad conservando, es más, fomentando la justa variedad. Se trata de saber armonizar los valores legítimos de los diversos elementos de la unidad, superando las resistencias naturales que surgen con frecuencia de cada una de ellas. Por ello, ser obispo, siempre será ser artífice de armonía, de paz y de reconciliación» (12 de junio de 1982). Cinco años después, durante el viaje de 1987, Papa Wojtyla gritó: «¡Argentina, levántate!».

Las verdades de los archivos que serán abiertos

Es cierto que la apertura de los Archivos vaticanos sobre el periodo de las dictaduras argentinas (de 1976 a 1983) restablecerá la verdad sobre las acciones del Nuncio Pío Laghi, también víctima de la «guerra sucia», en particular por parte de la prensa bajo el control del régimen que a menudo atribuyó frases, ideas o declaraciones nunca pronunciadas o manipuladas para que pareciera, en calidad de Representante del Papa, un apoyo del Vaticano a las horribles acciones nefastas de los dictadores; la misma prensa no siempre publicaba sus desmentidos o aclaraciones. No hay duda de que de aquí nació la leyenda negra sobre Pío Laghi; leyenda que fue aceptada por muchos, pero no se dieron cuenta de que cayeron en la trampa de la red de mentiras de los dictadores.

No solo por las víctimas de la «guerra sucia» y sus familiares, sino también por Pío Laghi esperamos con confianza la apertura de los Archivos vaticanos, que probablemente permitirán, por primera vez, leer documentos como la carta de Pío Langhi al cardenal Jean Villot (de julio de 1976), un impresionante vistazo a la verdad entre las mentiras que han circulado durante décadas.

***

Un documento de hace 40 años que se encuentra en los Archivos que serán abiertos: Carta informe del Nuncio monseñor Pío Laghi al cardenal Secretario de Estado, Jean Villot.

Buenos Aires, 13 de julio de 1976?N° 1510/76
OBJETO: Coloquio con el Ministro del Interior
A Su Eminencia
El Sr. Card. JEAN VILLOT
Prefecto del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia.
Ciudad del Vaticano.
(Con anexo)

Eminencia,
Esta mañana me dirigí a la Casa de Gobierno, en donde me reuní con el General Albano Harguindeguy, Ministro del Interior de Argentina, con quien tuve un coloquio de tres cuartos de hora. El principal argumento afrontado fue el del estado de los detenidos políticos, el secuestro y la eliminación de personas, al margen de la ley, y la violación de fundamentales derechos humanos.

Después de la masacre de los cinco religiosos Palotinos, el Ministro mismo había expresado el deseo de tener un encuentro conmigo, y yo, naturalmente lo secundé, considerando conveniente valerme de tal audiencia para hablar también sobre los argumentos antes mencionados.

Sobre el asesinato de los Palotinos, él me aseguró que la investigación para identificar a los autores prosigue; añadió que el lamentable hecho ha producido un daño moral incalculable al país, «mucho mayor del año producido por la bomba que explotó en el barrio general de la Policía y que causó 20 muertos y más de 60 heridos»; por ello, añadió, los responsables deben ser identificados y procesados. Me confió que tenía indicios para concluir que la mano asesina es «de extrema derecha»; ha dado la orden al alto Comando de la Policía para hacer cualquier esfuerzo para aclarar el hecho, con el fin de «limpiar y rescatar la imagen misma del Cuerpo».

Entregué al Ministro algunas hojas en las que yo había transcrito, según la categoría, los nombres de los detenidos, de los secuestrados y de los desaparecidos, cuyos familiares se dirigieron a la Nunciatura para obtener nuestra participación (Anexo); llamé la atención del Ministro sobre algunos casos, como el de los Ingenieros de la Comisión para la Energía Atómica, el del director de cine Raymundo Glaser y el del profesor Roberto Bergalli.

Harguindeguy después me ofreció información detallada sobre los sacerdotes todavía detenidos, a disposición del poder ejecutivo, o bajo proceso: son 9, de los cuales 6 estaban en la cárcel desde antes del ‘golpe militar’; cinco están bajo juicio y para ellos el Público Ministerio pidió la aplicación de penas de hasta 8 años de reclusión; los otros cuatro, tal vez, podrán ser expulsados del país como ‘personas no gratas’, al no ser argentinos.

Al final, nos detuvimos para hablar sobre los refugiados y sobre los que aquí residen pero no son ciudadanos del Estado, si, por una parte, su presencia y su elevado número plantean serios problemas de seguridad para las autoridades estatales, por otra, ellos tienen derechos inalienables. Sobre los detenidos no argentinos recordé casos en los que son mantenidos «incomunicados» y no pueden ser visitados ni siquiera por el agente consular del respectivo país; y esto va en contra del artículo 36 de la Convención de Viena sobre las relaciones consulares, de la cual Argentina es firmante.

El Ministro admitió que en algunos cuarteles militares, como en el de Rosario, bajo el comando del general Díaz Bessone - un tipo muy «duro» -, se verifican abusos de este tipo, y prometió que hará todo lo posible para remediarlo.

Ante la angustia que manifesté sobre los actos de violencia de los «escuadrones» de derecha y sobre los métodos inadmisibles de lucha contra la subversión, el Ministro concordó conmigo en que «es necesario desarmar a todos los grupos que actúan fuera de la ley del Estado».

Al referir todo esto a Su Eminencia, aprovecho la circunstancia para ofrecerle mi más profundo respeto,

de Su Eminencia
devotísimo
(Firma Pío Laghi)
(VATICAN INSIDER)


lunes 11 de

noviembre de 2019

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