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Küng y la infalibilidad del Papa
10 - 03 - 2016 - VATICANO - Organismos

El teólogo alemán pide a Francisco abolir el dogma sancionado por el Concilio Vaticano I. La «línea intermedia» aprobada por los padres hace un siglo y medio

El teólogo alemán Hans Küng volvió a proponer una revisión y la abolición del dogma de la infalibilidad papal, sancionado por Pío IX y por el Concilio Vaticano I en 1870. «Quisiera dirigir nuevamente al Papa un llamado que he lanzado inútilmente durante una discusión de varias décadas en materia de teología y de política de la Iglesia», escribió Küng. «Imploro a Papa Francisco, que siempre me ha respondido fraternalmente: reciba esta amplia documentación y permita una libre discusión en nuestra Iglesia, sin prejuicios y abierta sobre todas las cuestiones irresueltas y pendientes relacionadas con el dogma de la infalibilidad. No se trata de banal relativista, que mina los fundamentos éticos de la Iglesia y de la sociedad. Y tampoco de rígido e insulso dogmatismo relacionado a la interpretación literal. Está en juego el bien de la Iglesia y de la ecumene».

La propuesta de los jesuitas

Vale la pena recordar, más allá de las simplificaciones y de la idea que a veces ha asumido la opinión pública, cómo se llegó, hace casi 150 años, a la proclamación del dogma de la infalibilidad; una decisión que, como en los demás casos de solemnes definiciones dogmáticas, sancionó algo que ya se creía y vivía en la Iglesia. En la bula del Concilio Vaticano I no había ninguna alusión al tema de la infalibilidad pontificia, que entró a la discusión pública pocos meses antes de que comenzara el Concilio, el 6 de febrero de 1869, debido a una «correspondencia de Francia» de «La Civiltà Cattolica», en la que se esperaba una proclamación «por aclamación» del dogma de la infalibilidad personal del Pontífice. La propuesta, considerando el estrecho vínculo entre la revista de los jesuitas y el Papa Mastai, fue vista desde el principio como una idea «inspirada» por el mismo Pío IX.

Reacciones negativas

Las reacciones surgieron inmediatamente, como era, por supuesto, comprensible. El obispo de Orléans, Félix Antoine Dupanloup, en marzo de 1869 escribió dos artículos, publicados anónimamente en el periódico «Français», mientras el 11 de noviembre, a poco tiempo de la apertura del Vaticano I, firmó una obrita titulada «Observations sur la controverse soulevée relativement à la definition de l’infallibilité au futur concile», en ella que declaraba que creía en la infalibilidad pero que no consideraba oportuna su definición dogmática en aquel momento.

Es interesante notar la reacción de Pío IX frente a esta postura de Dupanloup. A pesar de estar disgustado con la tesis de la obrita, el Papa recibió en audiencia al obispo de Orléans y dijo a sus colaboradores: «Ha hecho bien en el pasado, y espero que lo siga haciendo en el porvenir». Mucho más dura fue la reacción de otro obispo francés, Henri Maret, docente de teología en París y cercano a ciertas ideas liberales, que en los dos volúmenes titulados «Du Concil générale et de la paix religieuse» explicó que la autoridad de la Iglesia reside en el Papa con los obispos y no en el Papa solo, por lo que las definiciones dogmáticas exigen el consenso del episcopado. Mucho más violenta fue la reacción del teólogo alemán Ignaz von Döllinger, que bajo el pseudoimo de «Janus» publicó algunos artículos en el «Allgemeine Zeitung», en los que llegó a definir el papado como «un tumor que desfigura a la Iglesia y la sofoca», y dijo que el Papa era una víctima de los jesuitas.

A favor y en contra

La infalibilidad del Papa y sus condiciones representan la verdadera cuestión del Concilio Vaticano I. Ninguno de los obispos la negaba en sí, pero un cuarto de las intervenciones no consideraba oportuna en aquel momento la proclamación del dogma, mientras que diferentes prelados temían una excesiva reducción de la autoridad episcopal para aumentar la autoridad papal. Existía el problema de especificar exactamente el objeto de la infalibilidad. ¿El Papa era infalible solo cuando promulgaba definiciones solemnes o también en el llamado magisterio ordinario, como por ejemplo en las encíclicas? Y luego, ¿las definiciones solemnes tenían que darse habiendo consultado previamente al episcopado o podían ser proclamadas solo por el Papa? La llamada «minorías anti-infalibilista», compuesta por alrededor de 150 padres conciliares, deseaba limitar la infalibilidad a las definiciones «ex cathedra», mencionando explícitamente la unión del papa con todos los obispos del mundo. También había una mayoría propensa a extender la infalibilidad también a las encíclicas que era contrario a cualquier condicionamiento de la autoridad papal por parte de los obispos.

La «línea intermedia»

La que resultó vencedora en el Concilio fue una postura intermedia, diferente de la que habría deseado el mismo Pontífice. Papa Mastai, de hecho, habría deseado una definición de la infalibilidad que incluyera también las encíclicas o documentos análogos doctrinales, como el «Syllabus». Se precisó, en las discusiones, que la infalibilidad del Papa era la misma de la Iglesia y que tenía el mismo ámbito y el mismo objeto. El obispo de Poitiers, Louis Pie, introdujo el esquema al pronunciar un importante discurso, en el que explicó que el Papa es «el órgano de la Iglesia» porque no puede nunca enseñar cierta doctrina si no tiene la certeza de que la misma esté fundada en las revelaciones y que sea compartida por toda la Iglesia, justamente como la sangre que circula en todo el cuerpo humano. El Pontífice, pues, en sus definiciones dogmáticas siempre está unido a la Iglesia. De hecho así había sucedido pocos años antes, cuando Pío IX, al desear proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción de María, interpeló a los obispos de todo el mundo. El cardenal Filippo Maria Guidi, que había intentado fungir como intermediario entre la mayoría y la minoría conciliares, propuso excluir de la definición las palabras «personal» y «separada» relacionadas con la infalibilidad papal, para sustituirlas con expresiones que reflejaran mejor la colaboración de los obispos en las actas de magisterio solemne.

Lo que ya se creía en la Iglesia

Las dos corrientes siguieron confrontándose. El Papa no quiso ceder a las peticiones de la minoría que habría querido incluir en la definición una frase sobre la cooperación del episcopado. En su lugar hizo que el presidente de la comisión conciliar, el cardenal Luig Maria Bilio, incluyera una frase con sentido opuesto, que le había sugerido un obispo italiano de la mayoría, mismo que consideraba imposible e inútil cualquier intento de llegar a un acuerdo con los anti-infalibilistas. No se sabe quién era, pues Pío IX arrancó de las hojas con la propuesta la firma del obispo. La frase «huismodi definitiones esse ex sese irreformabiles» («tales definiciones son inmutables en sí mismas») se convirtió en «huismodi Romani Pontificis definitiones ex sese, non autem ex consensu Ecclesiae, irreformabiles esse» («tales definiciones del Romano Pontífice son inmutables por sí mismas y no por el consenso de la Iglesia»). Y se explicaba esta frase de esta manera: «indicaban —escribió el padre Giacomo Martina, jesuita y el mayor biógrafo de Pío IX— la fuente última de la infalibilidad, la autoridad papal, pero siempre suponían que el líder de la Iglesia habría enseñado y definido solamente lo que forma parte de la tradición revelada, es decir todo lo que, de hecho, ya es admitido y creído por ella».

La proclamación y los disidentes

Se llegó así al 18 de julio de 1870. Una tormenta azotaba la ciudad de Roma, la Basílica de San Pedro estaba envuelta en la oscuridad, y solamente se veían las débiles luces algunas pocas velas. La constitución «Pastor Aeternus» obtuvo 535 consensos y dos «non placet», que fueron retirados inmediatamente. La minoría anti-infalibilista no se presentó al aula conciliar, pero por respeto al Papa decidió abandonar Roma sin manifestar su disconformidad en la sesión pública. En la carta que los obispos disidentes enviaron a Pío IX para explicar la razón de su gesto se reafirma la absoluta fidelidad y obediencia al sucesor de Pedro. Casi todos, durante los meses siguientes, manifestaron en público su adhesión al documento conciliar, tanto por motivos pastorales (es decir para no crear divisiones en la Iglesia y enfrentamientos entre los fieles) como porque la gran mayoría había aprobado la definición, por lo que se había promulgado legítimamente.

La definición

En el primer capitulo, el texto conciliar afirma que el del Obispo de Roma no es un primado de honor, sino «una verdadera jurisdicción»; el segundo afirma que el primado de Pedro tiene un origen divino y que todos sus sucesores tienen este primado. El tercer capítulo especifica que el papa tiene el poder de pacer, regir y gobernar a toda la Iglesia, con jurisdicción suprema, ordinaria e inmediata, universal e independientemente de cualquier poder civil. El texto de la constitución incluye la definición del Concilio de Florencia (del 4 de septiembre de 1439), en el que se afirma que «el Pontífice Romano, verdadero Vicario de Cristo, es el líder de toda la Iglesia, el padre y el maestro de todos los Cristianos; a él, en la persona del beato Pedro, ha sido encomendado, por nuestro Señor Jesucristo, el supremo poder de regir y gobernar a toda la Iglesia». «Por ello nosotros —se lee en la parte final de la ‘Pastor Aeternus’—, manteniéndonos fieles a la tradición recibida desde los albores de la fe cristiana, por la gloria de Dios nuestro Salvador, para la exaltación de la religión Católica y para la salvación de los pueblos cristianos, con la aprobación del sacro Concilio proclamamos y definimos dogma revelado por Dios que el Romano Pontífice, cuando habla ‘ex cathedra’, es decir cuando ejerce su supremo oficio de Pastor y de Doctor de todos los cristianos, y, en fuerza de su supremo poder Apostólico define, una doctrina sobre la fe y las costumbres, vincula a toda la Iglesia, por la divina asistencia a él prometida en la persona del beato Pedro, goza de esa infalibilidad con la cual el divino Redentor quiso que estuviera guarnecida su Iglesia al definir la doctrina sobre la fe y las costumbres: por lo tanto tales definiciones del Romano Pontífice son inmutables en sí mismas, y no por el consenso de la Iglesia».

Infalible, pero solo bajo condiciones muy precisas

Infalibilidad, sí, pero solo si el Papa habla «como Doctor y Pastor universal; debe utilizar la plenitud de su autoridad apostólica; debe manifestar la intención de ‘definir’; debe tratar, en fin, de fe o de costumbres». El mismo Pío IX, en varias intervenciones de los años posteriores al Concilio, se distanciará de las interpretaciones maximalistas del dogma, alabando, por el contrario, la exégesis de los obispos alemanes, que en un documento insistieron en que el primado no atribuía al Papa ningún poder sobre las autoridades civiles, que estaba delimitado por la constitución divina de la Iglesia y que no convertía al Pontífice en un soberano absoluto, ni sofocaba el poder de los obispos que no se reducían a simples funcionarios papales. «La definición —observó el padre Martina—, como fue formulada el 18 de julio, a pesar de acentuar fuertemente el papel del papado, no envilecía al episcopado, por lo que quedaba, sustancialmente, equilibrada. Desde el punto de vista puramente doctrinal, no incluía ninguna novedad verdadera; se retomaban las tesis clásicas, propias de largas corrientes teológicas… desde el siglo XIII en adelante».(VATICAN INSIDER)